Una experiencia en el micro

Hola, gente de fraudes.mx. Les voy una muy breve historia sobre música y microbuseros, que muchos pensarán que ha salido de National Inventographic, pero no, es la más pura y certera realidad.

Para los que no son de CDMX, un microbús es el nombre genérico de los camiones de transporte, característicos porque sus chóferes que no son hábiles en cumplir con el mejor servicio. Una de las características peculiares es la música a todo volumen que inunda nuestras avenidas con varipintos géneros: salsa, cumbia, ranchero, y más recientemente el reguetón. Lo que me sucedió fue con la música.

Pues fíjense que el domingo 11 de octubre fui a visitar a mi hermano, él vive rumbo a Santa Fe y yo un poco antes de llegar al metro Tacubaya; así que, como algunos sabrán, me subí a un camión que se va por esa larga avenida llamada Vasco de Quiroga. Sin ningún inconveniente en ese camión (excepto las personas que creen que el cubrebocas es un mero pase de abordar, porque lo guardan nomás sienten sus posaderas en el asiento) llegué con mi hermano y estuve en su casa de lo más tranquilo y ameno, hasta que sentí que ya estaba oscuro y eran las nueve. Me preocupaba ese horario porque una vez un par de malandrines me robaron en plena banqueta, y también porque esa ruta para bajar a Tacubaya es “pesada”, razón por la cual también había dejado mi celular en casa. Con un poquito de miedo salí de casa de mi hermano y afortunadamente la noche estaba tranquila; llegando a la esquina, a lo lejos, divisé mi próximo viaje: un camión mal lavado con restos de un anuncio adhesivo de alguna serie que jamás en mi vida voy a ver, adentro esas luces neón de color moradito o azul, en pocas palabras el clásico camión de la ruta.

Mi sorpresa comenzó cuando pagué y di las buenas noches, a lo que escuché un muy seguro “buenas noches”. Mi “sarcasmográfo” no detectó ninguna gota de amargura. Eran dos muchachos, el que conducía llevaba una camisa azul, desfajada, pero camisa al fin y al cabo; el del dinero, una playera deportiva también azul y una gorra blanca. Con el cambio en mi mano me fui a sentar casi al final, muy cerca de la salida, por si las circunstancias ameritaban defenestrar mi humanidad por el camión en movimiento. Reconozco que cuando viajo en esos camiones por la noche soy un poco más paranoico que de costumbre; ya sufrí un par de robos en camión, en la última experiencia le clavaron un picahielos en el muslo a un muchacho que no quiso dar su teléfono, a mí en realidad nunca me han herido porque doy lo que tengo sin esperar nada a cambio. Sea como fuere, esa noche también estaba alerta y tenso, pero todo comenzó a cambiar cuando comenzó la música.

No sé en realidad que estaban pensando estos muchachos del camión, pero venían disfrutando de un concierto de música clásica, no sé si era algo de Vivaldi, pero había violines, muchos violines. Así como lo lees, en el camión estábamos escuchando música clásica con volumen alto y luces neón. No sé si alguien ha pasado algo así de singular, pero la verdad es que yo nunca me lo hubiera imaginado. En alguna ocasión me tocó escuchar blues y jazz de Mixcoac a Zapata, e incluso música brasileira, pero jamás música clásica. No te puedo asegurar que disfruté totalmente la música clásica mientras iba rumbo a Tacubaya, porque esas “explosiones” sonoras que son parte de ese estilo musical no iban muy bien cuando rebotábamos por los baches y topes.

Lo que sí me gustó mucho fue esa extraña experiencia, porque el asombro cada vez es menos frecuente en nuestras vidas. Esta pequeña experiencia es un claro ejemplo de lo que André Bretón dijo alguna vez: México es “el país surrealista por excelencia”. Pero esto no terminó ahí, porque a los cinco minutos de mi asenso, un hombre de lentes de armazón negro subió con una Tecate en la mano, tambaleándose llegó a los asientos del final y ahí terminó aplastado.

De inmediato el muchacho de la gorra se levantó hasta su lugar y con la mano extendida le dijo: “se le olvidó su cambio”. Es probable que mi vista me haya engañado, porque de reojo vi un billete de cien pesos y otras monedas más que sonaron en la mano del olvidadizo. Otra grata sorpresa de esas personas: su honestidad. El hombre de los lentes y la Tecate en mano no se quedó callado y comenzó a gritarles balbuceando: “gracias”, “son la banda”, “cuando quieran paro…”; luego se levantó, entre violines, repitiendo su agradecimiento, se sentó cerca de ellos y comenzó a “conversar” con ellos.

Yo tuve que bajar luego de esta escena, siempre me preguntaré porque pusieron música clásica en ese contexto. Con esta breve historia no quiero ni de cerca burlarme o ironizar sobre los gustos del chofer y su ayudante. También aclaro que no tengo nada contra ningún tipo de música en los camiones (a menos que el volumen sea monstruoso), lo que rescato y admiro es que si esas personas quisieron escuchar algo diferente y compartirlo, entonces habla bien de ellos. Y si a eso le sumas su honestidad, entonces estamos hablando de que hay personas que piensan diferente o que buscan algo nuevo en su vida y eso es para hacer notar. En fin, no tengo a nadie en mi círculo cercano para contarle esta historia, por eso la comparto aquí.

Un gran saludo.